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¿Quiénes son los migrantes?

  La definición común de migración es el movimiento de población de un lugar de residencia para establecerse en otro país o región, generalmente motivado por razones económicas, políticas y/o sociales. Lo hemos visto mucho en la televisión, y ahora mismo quizás a tu lado, tus vecinos, tus compañeros de trabajo, ¿cierto? De hecho en Chile, según el INE y las últimas estadísticas existen 1.462.103 personas migrantes en el país. Un 0,8% más que en el 2019. Y un 12,4% más que en el 2018. Migramos cuando cambiamos de ciudad o de comuna.   Y no es un cambio fácil, porque hasta que el sol aparezca por otra ventana nos puede afectar, que nuestra cafetería de siempre no esté, que no tengamos la misma temperatura corporal por contar algo. También, migramos cuando somos niños y pasamos a ser adolescentes. Y no es un cambio fácil. Como mujeres migramos cuando llegamos a ser madres. Y muchas veces en la realidad, sin el romanticismo, sino que con aquel cambio que tiene no solo nuestr...

La seño del moño oscuro

Recogiendo historias me encontré en pleno autobús. Tal como si mi historia no importara, me convertí en un ser que deambulaba entre la muchedumbre, prestando oídos a testimonios y vidas ajenas. Sin proponérmelo conscientemente viajaba a través de ellas. Quizás eran mis ganas de desplazarme constantemente a otros sitios, el que me impedía que mis pies estuviesen certeros y pegados al piso, con mi propia vida, mis propias anécdotas.

De esa manera comencé a hacerme partícipe de entretelones y sabrosos comidillos El último que recuerdo fue el de una señora de moño oscuro y ceño fruncido, que cada vez que hablaba lanzaba criticas a su entorno. Sus gestos aunque pausados, mostraban una gran amargura, quizás frustración de no haber tenido una vida más libre. Quizás fue que su propia vida, la llevo a convivir con personas muy distintas a ella y que finalmente eso le provocó el sufrimiento de la costumbre.

En sus pequeños ojos, que parecían pegados a los gruesos vidrios de sus anteojos, se notaba la añoranza  de tiempos pasados, donde la gente se comportaba más amable. Y en un lapsus de segundo, mi mirada y pensamiento perdía de vista sus ojos y me centraba en sus manos regordetas y morenas, que ajustaban sus lentes a su oreja y su piel rugosa se convertía en una gran masa, en la que poco se distinguían sus rasgos, mas bien, solo parecía una máquina que emitía sonidos.

Tal vez eso quise creer, solo como una máquina, casi como una radio transmitiendo una novela que ronroneaba con el rugir del motor de la micro, que en cada esquina tomaba pasajeros, para luego emprender una loca carrera por la avenida principal de la ciudad. 

En un tono despectivo hablaba con otro pasajero, que por temor a recibir un carterazo furioso de la fémina. escuchaba atentamente:

¡No me gustan los argentinos, que se queden en su patria! ¡Qué tienen que venir a hacer aquí!, sentenciaba.

¡Son muy patudos, les gustan las fiestas!, argumentaba muy seria a lo cual remató con un ¡Además son cochinos, botan la ropa para no lavarla!.

Yo que iba parada frente a ella, no me atreví a emitir sonido alguno.. Sentí que si me movía o desfiguraba mi cara para moldear algún gesto de desagrado, la furia se apoderaría de ella, y comenzaría a lanzar improperios en contra de mí y realmente no sabría como reaccionar o defenderme.

Cobardía o no. Sé que esos minutos arriba de ese autobús fueron eternos y tensos. Sobre todo, considerando que se esperaba una reacción exagerada de aquella mujer, que se autoproclamaba de bien, por profesar la religión cristiana y que todo su atuendo a primera vista la hacía lucir muy compuesta. Todas esas señales me confundían, al escuchar esas palabras enajenadas y un brillo opaco en sus ojos oscuros. 

Pero mi tortura finalizó cuando su acompañante, que no era más que un afortunado pasajero, que por el sino se sentó justo al lado de la buena mujer, y tuvo que escuchar la cantaleta contrariada de la cristiana, se bajó del transporte. El asiento quedó vacío y extrañamente, nadie quiso ocuparlo. Al menos nadie, que hubiese estado los últimos e interminables cinco minutos. Yo ni siquiera quería hacer contacto visual para que para que no me dejara pasar a ese asiento. Creo que muchos coincidíamos en que el valiente que se posara en ese lugar, la señora nos usaría como testigos de sus vociferaciones o algo por el estilo. Pero gracias al cielo, y a todos los ángeles, no fue necesario que nadie lo comprobara. Por acto de magia, la mujer de moño oscuro y ceño fruncido, tomo su par de bolsas y bajo en la siguiente parada.



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