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El Árbol Dadivoso
Hasta que ese día sucedió, y no precisamente porque lo haya
elegido de manera consciente, estuve tan abrumado por todo lo que sucedía en mi
vida, en ese entonces, que en ningún momento me percaté que en el patio de la casa en que llegué a vivir habían algunos árboles. Todos crecían porque Dios es bueno, y la naturaleza entregaba
lluvia a la ciudad de vez en cuando. Ninguno tenía una forma muy robusta, ni convencional,
sin embargo, uno de ellos llamó mi atención. Era el que estaba más seco, el que
no tenía ni una de sus hojas verdes, el que estaba listo para leña de chimenea.
....
Entonces salía a ese rincón a ver al árbol y le contaba mi día, a veces lo regaba y
otras me olvidaba. Pasaban semanas que ni si quiera me asomaba por ahí. No
recuerdo exactamente porque empecé a visitar más al jardincillo y a tocar sus
ramas secas en pleno invierno.
Me generaba curiosidad saber cuál de todas sus ramas era su
verdadero tronco, pues estaba dividido en varias de ellas. Y solo un jardinero
con la sensibilidad de un artista podría darle vida a ese ramaje. Mientras me
perdía en esos pensamientos, pasaba el tiempo y mi vida. Desde mi lado humano, cada vez,
me sentía mas lejos de las personas que quería, pero más cercano al viejo
árbol.
Fue mi verdadero compañero de conversaciones por más de 6
meses, en que le contaba de mis sueños, mis proyectos, mis ganas de crecer,
emprender viajes, y experimentar nuevos caminos. Aunque con sus ganchos duros,
cuando me acercaba a él, sentía que me abrazaba. Yo trataba de ser lo más
gentil posible con él, porque no quería quebrarlo ni hacerle daño.
En una ocasión, encontré las cascaras de un huevito
eclosionado. Pensé que alguna avecilla podía haber caído por ahí y comencé a
buscarla, hasta que encontré un nido en una de sus ramas. Con el tiempo, ya no
era solo 1 nido, sino 2. No sé si era la misma familia, que se había mudado un
piso o rama más arriba o que ya tenía más inquilinos en mi patio.
Puedo decir, que las veces en que estaba más desconcentrado de lo que me rodeaba, era cuando mi árbol
me entregaba alguna sorpresa. Otra de ellas que recuerdo, fue en pleno invierno,
cuando crees que la fruta es siempre congelada del supermercado o solo existen de solo 1
especie, y me encontré una hermosa, redonda y perfectamente amarilla ciruela.
Miré hacía arriba y las ramas continuaban igual de secas, pensaba de
dónde había aparecido este fruto, nunca lo supe, de todas maneras la cogí, la entré a mi
casa y a los días la probé. Estaba deliciosamente dulce. Una maravilla. La
única explicación que le dí en ese momento fue que quizás fueron los pájaros que lo
llevaron de comida. A esas alturas, ya no sabía si las aves seguían viviendo
ahí con el hielo que se sentía.
Si yo en ese momento hubiera cuantificado todos los regalos
que me daba el árbol, no me habría sorprendido, cuando antes que llegara la
primavera ese mismo árbol seco y café estaba cargado de hermosas flores blancas. Muchísimas flores blancas y delicadas de ciruelo. Por esos días, iba todos los días a mirar sus flores y a agradecer lo lindo del paisaje, ahí recordé
el tema de la polinización de las abejas, pues vaya. Al menos cinco o seis
abejas rondaban y se posaban en sus flores chupando su néctar, cuan banquete.
Y recordé lo que mi padre decía, ¡Mientras existan abejas,
tenemos esperanza de que este mundo siga en pie!. ¡Estamos salvados!
Tras un par de semanas, las flores cayeron y quedaron estampadas como nieve en el suelo, tras ello, las ramas de mi árbol preferido quedaron pobladas de hojas verdes y pequeños brotes de ciruelas. Yo no hacía más que agradecer la maravilla que habían experimentado mis ojos en la estadía en esa casa.
Seguía
con la costumbre de abrazar a mi árbol desde sus pinchos, solo que esta vez,
eran suaves por sus hojas tiernas y se movían alegres ante mi cercanía, así lo
sentía yo al menos.
Fue en esa primavera, en que empecé a atreverme a concretar
esos sueños olvidados, y entre esas conversaciones con mi compañero, que le
expresé que quería que un buen jardinero viniera para que pudiera ordenarlos y
ponerles buenos soportes a sus ramas para que no siguieran desviándose, y que
quería plantar flores, pues me recordaban a mi infancia. De niño jugaba en una
terraza con arbustos, árboles y diferentes tipos de rosas, calas y
manzanillones, por lo que quería que alguien que supiera me ayudara en esa
tarea. Tan en serio se lo tomó mi amigo, que a la semana, donde solo había
maleza, aparecieron unas bellas flores silvestres. No 1, ni 2, sino varias,
para que no quedará lugar a dudas de que eran flores. Y bien grandes para que
las vieras. De inmediato me di cuenta que ese era un regalo de mi gran
compañero, que escuchaba atentamente mis deseos y me complacía.
Juré cuidarlo por todo el tiempo que estuviera en esa casa.
No podía asegurarle la eternidad, porque no sabía que caminos me deparaban. Era
un poco trotamundos hasta ese día al menos, unos años en un lado y otros en cualquier otro lugar, sólo sabía que estaba enamorado y que quería construir una relación
amorosa con una persona que había conocido y que sentía una conexión especial,
a la que sentía como mi familia, y sabía que mi deseo era seguir con ella hasta
viejitos. Él sabe de esta historia, y sabe que seremos felices juntos. Él
quiere verme feliz, así como yo quiero verlo tan feliz como hasta ahora me ha
demostrado que puede ser un árbol. Es mi amigo, e independiente de nuestros
caminos, seguiré conservando mis recuerdos y sus abrazos en mi rostro y en el
corazón. Nos queda ser felices ahora mientras seguimos juntos, del mañana, poco
y nada sabemos, ninguno de los dos...en eso quedamos hasta ahora.
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